De la Maritimidad I

De la Maritimidad

-I-

Recorre el muelle un bullicio de llegada próxima,

empiezan a llegar los primitivos de la espera,

ya se agranda y se ve claro a lo lejos el paquebote de África.

He venido aquí a no esperar a nadie,

a ver a los demás esperar,

a ser todos los demás esperando,

a ser la esperanza de todos los demás.

(Álvaro de Campos. Poesías)

Podríamos decir que la maritimidad surge de un vacío y de la lucha, tras su descubrimiento, por llenarlo.

Como es bien sabido, los viejos puertos integrados en el corazón de las ciudades que les vieron nacer, perdieron, a partir de cierto momento, su capacidad de acoger a las nuevas flotas como consecuencia de las transformaciones tecnológicas de los buques, tales como el aumento de esloras y calados.

Los puertos desplazaron sus zonas de atraque y logísticas costa arriba o costa abajo en la vecindad de las ciudades portuarias. Los muelles y dársenas de los viejos centros portuarios quedaron vacíos y solitarios.

Posiblemente fue ante esta situación que determinados estudiosos se sorprendieron al descubrir esos espacios vacíos, a lo cuales, muy probablemente, apenas les habían prestado atención anteriormente.

Así, y caricaturizando un poco la situación, podríamos decir que los urbanistas empezaron a preguntarse si los espacios portuarios abandonados podían ser considerados espacios urbanos o no; los arquitectos, por su parte, empezaron a discutir si los edificios que ocupaban los muelles tenían valor arquitectónico o no; los geógrafos se interrogaron sobre si los viejos territorios portuarios abandonados – ahora carentes de función -, debían ser considerados un espacio geográfico o no; los antropólogos, en fin, se preguntaron sobre quién había habitado aquel escenario de adoquines, ladrillos y mar, que relaciones sociales se habían establecido, que jerarquías, en suma, que valores habían regido aquella sociedad, ahora desaparecida.

Es también posible que, ante tantas preguntas complejas y dispares, los estudiosos antes citados dieran un paso atrás y quisieran tener una perspectiva más general de aquel nuevo espacio o territorio vacío que aparecía ante sus miradas. Ante tanto árbol, era recomendable alejarse y mirar el bosque.

¿Era posible encontrar un nexo entre el puerto, los almacenes y depósitos, las dársenas, los buques que allí habían atracado, las actividades que allí se desarrollaron, las personas y colectivos que las habían ejercido y las relaciones que en este territorio se habían establecido?

Al parecer, dieron con una respuesta afirmativa a tal pregunta. Vieron que el mar, de alguna manera, era el elemento común que lo relacionaba todo. El mar había dado sentido a las dársenas, a los barcos, a los depósitos y almacenes, a las personas y colectivos sociales cuyas vidas habían girado alrededor de todos esos elementos.

¿El mar? se preguntará usted, amable lectora o lector. ¿Ese líquido salado, a menudo oleoso y siempre oscuro que bate sin cesar los muelles.

En cierta manera, se podría afirmar que, al haber mar, se creó un puerto. Al haber un puerto vinieron barcos. Y con estos llegaron marineros. Y se establecieron pescadores. Alrededor de los barcos surgieron carpinteros, calafates, veleros… Al puerto acudieron los mercaderes de la ciudad para comerciar con tierras lejanas. Y construyeron almacenes, depósitos, lonjas, casas de contratación…

En resumen, surgió un territorio que contenía un mundo en claro contraste con el mundo urbano y rural tradicional. Un mundo abierto a otros horizontes, con sus valores, saberes y lenguajes que poco, o nada, tenían que ver con los de la sociedad urbana o rural.

Y tras cientos – sino miles – de años de existencia, ese mundo desapareció del territorio que hasta entonces le había sido propio: el viejo puerto insertado en el corazón de la vieja ciudad.

Así pues, el mar había hecho posible esa secular creación de dársenas, muelles, depósitos, tráficos, barcos, personas, culturas, costumbres, saberes, oficios, valores… Un patrimonio físico y cultural, a menudo milenario, siempre ingente.

En consecuencia, aquellos estudiosos de que hablábamos al principio, dieron en llamar maritimidad al estudio de ese patrimonio, a su puesta en valor, al análisis de las relaciones de ese patrimonio con la ciudad que lo rodea, al estudio de los actores que en ese espacio actuaron y de sus relaciones…

La idea de maritimidad se encuentra pues en el corazón mismo de una realidad socio-cultural en la cual están estrechamente imbricados las nociones de transmisión, de memoria, de historia, de territorio, de identidad, de tiempo, en incluso, de lo sagrado (Peron, 2002).

Referencias:

Peron, Françoise, Directora (2202). Le Patrimoine Maritime. Construire, trasnmêtre, utiliser, symboliser les héritages maririmes européens. Presses Universitaires den Rennes.

http://atlas-transmanche.certic.unicaen.fr/fr/

http://www.sebastienfagnen.com/?p=55

http://echogeo.revues.org/12191

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